el olor de la crisis


Algo cambió en el verano de 2010. Un penetrante olor se expande por la superficie de las pantallas. Es agrio y huele a tubería estancada. La cuadratura del círculo que sucedió durante el estío alineó los planetas para conspirar contra la plaga. Una nueva visión del mundo se extiende atenuando el olor que todo lo invade. Pero los cambios nunca estuvieron exentos de dolor.

El miedo a la incertidumbre, al futuro, a la posible pérdida de la seguridad, o lo que para casi todos es peor, el terror a la pérdida del confort, principal aspiración del modelo de vida occidental, hace de ecualizador del dolor. La evasión hace de sutil anestesia. El estímulo solo puede surgir en la inquietud. La sociedad intenta contemplarse, sin llegar a reconocerse. La revolución ha estallado, y ya no se puede parar.

En la calle aparecen extrañas preguntas, que solo tienen una respuesta.

"¿Como será mi vida si tengo que trabajar como los chinos?"

"¿Y si no trabajo como los chinos, de que voy a vivir?"

"¿Cuanto tiempo más el Estado nos ofrecerá los servicios que necesito para vivir?"

El miedo hace redoblar los esfuerzos. Trabajas más para intentar ahorrar y preservar durante algún tiempo el confort, la seguridad. Pero más allá está el mar tenebroso, el que nunca ha sido explorado. El que nos tocará conocer en las próximas décadas. Muere una civilización, que ya busca como sobrevivir, creando un nuevo imaginario, buscando una ética y una organización.

El instinto de supervivencia propone construir otras formas de vida basándose en las relaciones sociales, la cercanía, la austeridad, la vida en común y la ralentización del tiempo. Elementos que lejos de ser limitantes son los que enriquecen la vida y la llenan de alegría. No son nuevos los estudios que apuntan que la felicidad subjetiva no está asociada al consumo y al dinero sino más bien a la vida comunitaria donde prima la relación.



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