indios, crónicas y relatos sobre sostenibilidad



Generalmente se cree que la cultura es algo creado, mantenido y desarrollado sólo mediante el esfuerzo humano. Pero la cultura se origina en la asociación entre el hombre y la naturaleza. Cuando se realiza la unión entre sociedad humana y naturaleza, la cultura toma cuerpo en si misma. La cultura ha estado siempre muy conectada con la vida cotidiana, y así ha sido transmitida a las generaciones futuras, y ha sido conservada hasta la actualidad.

La revolución de una brizna de paja. Masanobu Fukuoda

Según vamos conociendo la forma de vida de los indios kunas nos fascina más su manera de entender la existencia. Aunque debe ser algo inherente a todos los indios, como leíamos en las crónicas que escribía Santiago Pedraz sobre los indios aimaras:

El indio americano nace, vive y muere en unas pocas hectáreas. En las mismas donde cría su ganado, planta su maíz y fermenta su chicha, pisco o guaro. Es una conjugación preciosa y perfecta de hombre-naturaleza, de la que no llegaremos a saber dónde comienza una o dónde acaba el otro. AI principio podremos extrañarnos, compadecernos o indignarnos ante la indigencia y miseria en que viven. Después, cuando uno se ha parado ante sus poblados, ha cruzado unas palabras, ha bebido su chicha y ha comido sus tasajos; cuando se ha llegado a intuir —tan sólo a intuir— el alma del indio, uno se da cuenta de que el indio es así, y no ha dejado de serlo desde hace muchos cientos, quizá miles de años. A él no le interesa, no quiere, no desea el cambio. El que lo intenta pliega a cambiar, deja de ser feliz, deja de ser «él», y pasa a formar parte de una sociedad que por siempre le resultará extraña y en la que no llegará a integrarse. […] Allí existió hace muchos, muchísimos años, antes de que llegaran los incas, una raza fuerte, dura, que adoraba a la Naturaleza. Eran los aimaras, parecidos a las águilas: narices ganchudas, pómulos prominentes, largos y sólidos brazos, piernas robustas y cortas. Vivieron durante milenios, hasta que llegaron los incas, y después los españoles. Heredaron el sol, la luna, los riscos, y con la espléndida Naturaleza heredaron, también, nuevas costumbres. Ellos eran la propia Naturaleza, y los incas y los españoles les dieron una nueva forma de ser, una nueva vida, que ellos no quisieron. Han pasado los años y aquella raza aún se perpetúa en los Andes peruanos, en la altiplanicie boliviana. Son los mismos de ayer: hombres en comunión diaria con la Naturaleza y en actitud de misterio constante ante la esencia y destino del propio hombre. Siguen siendo el sol, la luna y la tierra quienes mueven espiritualmente a estos hombres, y sigue, siendo este hombre de ía sierra y del altiplano quien interpreta místicamente el críptico mensaje de ia Naturaleza. Vive ahora resignado en su panteísmo, en su designio... y vive feliz con sus llamas, sus tejidos, su chicha, su guaro, sus fiestas, sus melodías y su sexo. Es rara la mujer —incluso la niña— que no esté embarazada. La natalidad es enorme y enorme es la mortandad. Son muy pocos los niños que llegan a cumplir los dos años... después, si los cumplen, mueren de viejos. Ellos no quieren médicos, prefieren sus brujos; ellos no quieren medicinas, prefieren sus plantas y las entrañas de animales para curar sus dolencias. El indio, este indio de los Andes y de las altiplanicies, tan sólo ha tomado de la civilización dos cosas: el transistor y el aguardiente. Pero no vayan a creer que se emborracha por el placer de emborracharse. Su borrachera tiene mucho de espiritual, de mística. Trabaja, cultiva la tierra, pastorea, teje y es alfarero para después trocar en aguardiente, guaro, chicha, aquellos sus productos. Y el indio trabaja, bebe y procrea...

La vida y el alma del indio. Santiago Pedraz Estevez. La Vanguardia 1970

¿Que podemos aprender en esta época pretendidamente tecnológica sobre esa forma de vivir que casi todos consideran primitiva?

Quizás que a lo mejor no sea tan primitiva. Que los indios tienen la huella ecológica más baja del planeta, aunque hablar de huella ecológica y referirse al estilo de vida de los indios es un pensamiento discriminante en el más puro estilo del modelo mundo-plano occidental. El indio vive para vivir y por eso forma parte de la propia naturaleza. El clan familiar es la tribu y se agrupa con otros clanes para poder cooperar más eficientemente. Mantener su cultura es la base de su supervivencia a largo plazo y lucha por ello. Su cultura se basa en la relación de simbiosis con la madre tierra. Sus viviendas son autoconstruidas con materiales locales renovables. Su alimentación sale del mar, la tierra y los animales que viven con ellos. Todos sus residuos orgánicos se reciclan, los no-orgánicos terminan en la hoguera, básicamente los residuos que generamos los hombres blancos en sus tierras. No generan más contaminación. Conservan los alimentos y para ello recurren al ahumado. Su pescado y carne ahumada aguantan hasta una año sin estropearse, sin necesidad de refrigeración o de añadirles conservantes químicos. Cuecen su propio pan en hornos tan sencillos que muchas veces consiste tan solo en un viejo bidón de acero tumbado en el suelo. Hasta la fecha solo las sociedades tribales han sido capaces de crear modelos de vida sostenibles.

Los indios no diferencian entre trabajo y tiempo libre. Cuando tienen organizado sus necesidades básicas, siempre acompasadas con el momento del año en el que se encuentran, descansan, pasean, se bañan en el mar, disfrutan simplemente de todas esas maravillas que nos ofrece la madre tierra. Esta forma de vivir, además, permite desarrollar una vida espiritual, algo que muchos han intentado reivindicar como la esencia del hombre, la más humana.

Y volvemos a la misma pregunta que nos obsesiona. ¿Es sostenible nuestra forma de vivir?¿Nos hace felices?¿Que podemos hacer para cambiar lo que parece inamovible? Fukuoda escribía en su relato: Algo nacido del orgullo humano y de la búsqueda del placer no puede ser considerado como verdadera cultura. La cultura verdadera nace con la naturaleza, es simple, humilde y pura. Sin la cultura verdadera la humanidad perecerá. Los resultados más desafortunados son el miedo a la naturaleza y un sentimiento de inseguridad general.

Ya en los años setenta, Bill Mollison publicaba en dominio público su análisis de la situación en El momento terrible del día. Visionario como pocos, se anticipó a buena parte de los problemas que vivimos en estos momentos, espoleados sin ningún tipo de sutileza por la globalización. Mollison planteaba la construcción de recursos biológicos como la estrategia clave para el reciclaje de energía y la creación de sistemas sostenibles. Una forma de vivir que crea contaminación y agotamiento de recursos está destina a perecer. Si no podemos mantener o mejorar un sistema es mejor no tocarlo, así minimizamos el daño y preservamos su complejidad natural. Llegó a la conclusión que solo una regulación próxima a la tierra sumada al uso cauteloso de los recursos naturales podría ser mantenible en el tiempo, teniendo en cuenta que la importancia de la diversidad no es el número de elementos de un sistema, sino el número de conexiones funcionales establecidas entre estos elementos.

Fukuoda por su parte demostró que una familia de cuatro miembros podría vivir de los alimentos que produjeran 1000 metros cuadrados. Aunque pueda parecer una superficie pequeña, solo hay que analizar como una buena parte de las familias de Filipinas viven del huerto de 12 metros cuadrados que tienen en la parte trasera de su casa. En cualquier caso, parece claro que enfocarse en sistemas intensivos pequeños es el camino más propicio para conseguir el cambio, diseñando planes pequeños nucleares consolidándolos por partes, siempre en relación a un plan más grande. Cada etapa de desarrollo del núcleo pequeño crearía las condiciones correctas para las siguientes.

La vida en el barco nos ayuda a entender lo que Mollison denominó Diseñar Para Recuperar y nos cargamos de optimismo e ilusión ante el reto de afrontar un futuro que de ninguna manera será sencillo. En esto reside el principal objetivo que teníamos largando amarras. Llevamos ya dos meses viviendo entre los indios kuna.



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