la Cartagena que guarda la historia



No hay una ciudad que haya sido atacada tantas veces como Cartagena de Indias en toda América. Cuando todavía no había sido fortificada, unas décadas más tarde de su fundación por Pedro de Heredia en 1.533, Drake saqueó la ciudad en 1.586 bajo la bandera de corso avalada por la reina Isabel I, la inglesa que odió a muerte a España. Fue entonces cuando Felipe II ordenó la construcción de la mayor fortaleza jamás concebida para defender ciudad, San Felipe de Barajas. Mientras se iba construyendo todo pirata con ambición en el Caribe intentó repetir la ignominia de Drake. Uno de ellos el Baron de Poitis, consiguió rendir la ciudad en 1.696, reuniendo el más fabuloso botín que consiguiera nunca un pirata alguno en toda la historia. 

Este hecho aceleró la finalización de las obras del castillo de San Felipe, haciendo inexpugnable a la ciudad, incluso cuando en 1.741 el almirante inglés Vernon realizó el mayor despliegue naval de la historia, no superado hasta el desembarco de Normandía en la segunda guerra mundial. Pero Vernon se encontró de frente la mole de San Felipe y a Blas de Lezo, un guipuzcoano marino militar que le condenaría al deshonor. La avenida principal de Catagena, que une la ciudad antigua con el barrio de Boca Grande, lleva el nombre de Blas de Lezo para que los cartageneros no olvidaran el valor y el ingenio del gran vencedor en la heroica batalla de Cartagena de Indias.

Sus hombres le llamaban el almirante Patapalo, considerándolo como un soldado de prestigio y rodeado desde joven por la aureola de los héroes. Con 12 años se enroló como guardiamarina en la armada francesa, en un momento de gran colaboración e intercambio de conocimientos y oficiales entre las armadas españolas y francesas. A los 25 años había perdido un ojo, un brazo y una pierna luchando contra el “perro inglés”. En 1.710 capitaneando una simple fragata consiguió rendir 11 buques ingleses, incluyendo el poderoso Stanhope, orgullo de la Royal Navy. Lucía un currículo impresionante. En 1730 había conseguido, bajo amenaza de bombardeo, que la República de Génova devolviera a España dos millones de pesos de los que se había apropiado indebidamente; había participado en la conquista de Orán, aniquilando a las escuadras berberiscas y arrasando a sangre y fuego sus bases; y había limpiado de corsarios las costas de los actuales Perú y Chile.

El conflicto entre ambas potencias había tenido, dos años atrás, un pretexto más bien absurdo. Un contrabandista inglés, de nombre Jenkins, había perdido una oreja tras ser cortada cuando fue arrestado por un guardacostas español, cuyo capitán había amenazado con hacer lo mismo a Jorge II como osara aproximarse por esas aguas. La opinión pública inglesas espoleó al gobierno para declarar la guerra a España, dando el mando de la expedición al almirante Vernon, que en 1.739  había arrasado Portobelo, en Panamá, una plaza mal guarnecida. Su objetivo era terminar de una vez con el dominio de España en América.

186 barcos, 60 más que la que formaron la Armada Invencible, 2.000 cañones y 30.000 hombres en la armada inglesa, se enfrentarían a 6 barcos y 3.600 hombres en el bando español. Vernon envió unos emisarios para exigir la rendición de la ciudad. Blas de Lezo, que había participado ya en 22 batallas, le respondería: «Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera su Merced insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía»

“”Y da comienzo la batalla. Tras el desembarco de una avanzadilla, la escuadra inglesa cañonea, durante dieciséis días ininterrumpidos, el castillo de San Luis de Bocachica. La guarnición es escasa, tan sólo quinientos hombre comandados por el coronel des Naux. Blas de Lezo intenta socorrerlos con los cañones de cuatro barcos, pero el infierno de pólvora y plomo que Vernon desencadena sobre la fortaleza hace que los defensores finalmente tengan que retroceder. Los españoles hunden sus seis veleros, buscando bloquear los dos canales, Bocagrande y Bocachica, que dan entrada a la bahía de Cartagena, pero lo único que consiguen es retrasar el avance inglés. Los invasores desembarcan la totalidad de sus efectivos, y la nave almirante entra en la bahía con las velas desplegadas. Sólo queda resistencia en el castillo de San Felipe, y no parece que vaya a servir de mucho. Vernon, seguro de su victoria, manda un correo a Inglaterra anunciándola. En Londres llegarán a acuñar monedas conmemorativas, con Blas de Lezo (milagrosamente entero) hincando la rodilla ante el almirante inglés. Pero, aún sediento, cansado y malherido, al oso todavía le quedan fuerzas para desventrar a quien intente vender su piel. Al furioso bormbardeo que ahora arrecia sobre San Felipe, Patapalo opone una tenaz resistencia, aderezada con unos toques de genio: un foso en torno al castillo que ha hecho excavar, y que hace que las escalas de los asaltantes no alcancen las almenas; una trinchera en zig-zag, también fruto de sus órdenes, que evita que los cañones enemigos se puedan acercar; y dos supuestos desertores, que suministran informaciones falsas a los confiados atacantes. Y, cuando finalmente llega la embestida, los ingleses caen en la trampa: su avance se frena en seco ante los muros del castillo, y no pueden hacer otra cosa que mirar con cara de pasmo mientras son acribillados. Y, tras una noche dantesca, al alba observan atónitos cómo los escasos defensores, lejos de mostrar un solo signo de debilidad, incluso se atreven a cargar contra ellos. La visión de las bayonetas y los gritos de furor que las acompañan son demasiado para las ayer orgullosas huestes de Vernon, que huyen despavoridas, dejando atrás un sinnúmero de muertos, heridos y prisioneros.

El almirante inglés, incapaz de reaccionar ante una derrota con la que no contaba, mantiene a su escuadra inútilmente cañoneando la ciudad, durante treinta largos días. Pero, a la mortandad provocada por el enemigo se unen ahora la peste y el escorbuto. Pronto la bahía se puebla de cadáveres flotantes, hasta el punto de que los ingleses se verán obligados a incendiar cinco barcos por falta de tripulación. Finalmente, Vernon tiene que ordenar la retirada, y lo que queda de su invencible armada vuelve a sus bases de Jamaica. Jorge II, fuera de sí por la ira, ordenará que no se mencione la catástrofe en los anales, y los historiadores ingleses lo secundarán como un solo hombre. Y los españoles poco harán para remediarlo.
Poco después de salvar a un imperio, fallece Blas de Lezo en un hospital de Cartagena, víctima de una enfermedad contraída durante su hazaña. Pasa sus últimos días prácticamente solo, y pocos acuden a su sepelio, por miedo a las represalias del virrey Eslava, con quien Patapalo había tenido gran cantidad de desavenencias durante el asedio.

Es enterrado en una tumba anónima, cuya localización pronto pasará a ser un misterio.
Y el olvido con el que España castiga a sus héroes hará que, más de doscientos cincuenta años más tarde, en Madrid no haya ninguna calle ni plaza que honre a este gran marino.”

Blas de Lezo, un héroe olvidado Javier Silvela

Mientras en su retirada, el almirante Vernon se alejaba de la bahía con su armada destrozada le gritaba al viento una frase: «God damn you, Lezo!» (¡Que Dios te maldiga Lezo!). Su estrategia para conseguir el viejo sueño de la política exterior inglesa de apoderarse del Nuevo Mundo en manos de España se basaba en la segura victoria en Cartagena, que una vez castigada "la arrogancia española" sería fácil presa en una mesa de negociaciones. En respuesta escrita a Vernon, Blas de Lezo pronunció la inmortal frase: «Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir.»

Algunos años más tarde, en 1.811 los cartageneros solicitaron su independencia de la corona española, denegándosela las cortes de Cadiz. Apoyados por Simón Bolivar, el gran héroe latino, llamado por todos El Libertador, se apoderaron de la fortaleza de Cartagena. España mandó en 1.815 al general Morillo que sitió la ciudad provocando la muerte por hambre de miles de sus habitantes. Efímeramente España conservó el mando durante 6 años más, perdiéndola definitivamente en 1.821.  Así comenzó el fin de aquel sueño imperial de inquisidores y encomenderos, del que todavía no nos hemos podido superar la pérdida, a pesar de haber transcurrido 200 años, habiendo estado ausente España en todas las revoluciones ya sean industriales, ideológicas o tecnológicas.

Nos cuentan en Cartagena, que hace unos años sellaron el alcantarillado de la ciudad antigua y el castillo de San Felipe, para poner en marcha uno más moderno. Desde aquel momento, cuando sube el nivel del mar porque llega la mar de leva, la ciudad se inunda y los cartageneros comentan sobre que grandes fueron los hombres de España que levantaron, construyeron y defendieron esta ciudad.

Porque el gran error de España quizás fue no haber sido capaz de mirar hacia el oeste, para reconocernos a nosotros mismos o descubrir un fórmula de colaboración con sus antiguas colonias, al estilo de la Commonweath británica. Como escribía Santiago Pedraz Estevez, “Colombia y los colombianos se sienten hispánicos y desean que nos conozcamos un poquito más y que deshaga esa leyenda negra, o «mala prensa» de que Colombia es un país de terroristas. Doy fe de que en este mi viaje por carreteras, caminos y vericuetos, sólo he encontrado paz, cordialidad y hospitalidad.” La Vanguardia. 1.970.




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Cartagena de Indias, la esencia del Caribe latinoamericano urbano








2 comentarios:

Anónimo dijo...

Toda la historia se encuentra narrada en el libro "La batalla de Cartagena de Indias".
Mas informacion en www.labatalladecartagenadeindias.com

----- jorge juan ---- dijo...

Gracias por el enlace. Parece un libro realmente interesante.