la leyenda negra de Cartagena de Indias



“Los sábados, la pobrería mulata abandonaba en tumulto los ranchos de cartones y latón de las orillas de las ciénagas, con sus animales domésticos y sus trastos de comer y beber, y se tomaban en un asalto de júbilo las playas pedregosas del sector colonial. Algunos, entre los más viejos llevaban hasta hacía pocos años la marca real de los esclavos, impresa con hierros candentes en el pecho. Durante el fin de semana bailan sin clemencia, se emborrachaban a muerte con alcoholes de alambiques caseros, hacían amores libres entre los matorrales de icaco, y a la media noche del domingo desbarataban sus propios fandangos con trifulcas sangrientas de todos contra todos. Era la misma muchedumbre impetuosa que resto de la semana se infiltraba en las plazas y callejuelas de los barrios antiguos, con ventorrillos de cuanto fuera posible comprar y vender, e infundían a la ciudad muerta un frenesí de feria humanan olorosa a pescado frito: una vida nueva” 


El Amor en los tiempos del Cólera, Gabriel García Márquez.



Entre 12 y 14 millones de negros fueron transportados y vendidos como esclavos en América entre los siglos XV y XIX. Cartagena de Indias fué desde el siglo XVI el principal mercado de esclavos de todo el Caribe. El comercio negrero fue la principal actividad mercantil durante todo el siglo XVII. Militares, clérigos y vecinos, además de usufructuar del negocio de la trata, eran dueños de tierras y esclavos. Un siglo antes habían alrededor de 68 asentamientos indígenas en las inmediaciones de la ciudad. La gente africana los reemplazaba en las labores domésticas urbanas y rurales. Entretanto, las naves negreras portuguesas, holandesas, francesas e inglesas desembarcaban cientos de miles de africanos destinados al cautiverio. 

La historiografía tradicional suele identificar la esclavitud como la institución socio-económica básica de la Antigüedad. Desde los tiempos más remotos, el esclavo se definía legalmente como una mercancía que el dueño podía vender, comprar, regalar o cambiar por una deuda, sin que el esclavo pudiera ejerce ningún derecho u objeción personal o legal. La mayoría de las veces existen diferencias étnicas entre el tratante de esclavos y el esclavo, ya que la esclavitud suele estar basada en un fuerte prejuicio racial, según el cual la etnia a la que pertenece el tratante es considerada superior a la de los esclavos.

En el siglo XV mientras los españoles descubrían y explotaban el Nuevo Mundo, los portugueses habían terminado de explorar toda la costa africana, comenzando el negocio de los esclavos negros que eran capturados en el interior del África por esclavistas árabes. Los portugueses descubren que podía ser un negocio rentable la exportación de esclavos a otros países, para trabajos de minería y agricultura y en otros casos como servidumbre únicamente. La solución parecía obvia: dirigir el tráfico de esclavos hacia las tierras recién descubiertas. Así se originó el trabajo forzado de millones de africanos hacia América por parte de los europeos.

Desde que los españoles descubren la mina de oro en la que consistía ese negocio, por su alta rentabilidad y la comodidad con la que podían vivír, convirtieron a Cartagena de Indias en el principal mercado de esclavos de América.

Este lucrativo negocio de seres humanos basado en cautiverio y deportación fue legitimado jurídicamente por la corona mediante la creación de un diferentes tipos de tratados,  que pasan por los mismos períodos que en el resto del continente tomando su nombre del sistema comercial utilizado: el de las “Licencias” (1533-1595), el de los “Asientos” (1595-1791) y el de “Libre Comercio” (1791-1812); desde esta última fecha, con motivo de la Independencia, queda prohibida la importación de esclavos en Cartagena, pero no su comercialización. 

En el “Asiento de Negros”, un particular, una persona común y corriente, el “asentista” se comprometía a aprovisionar a las Indias Occidentales de un numero determinado de esclavos por año. A cambio el asentista se podía beneficiar del monopolio de ese particular comercio. Estos asentistas residían en Sevilla, pero tenían sus negociadores en costas africanas y en el Nuevo Mundo. En África se hallaban los pombeiros,  encargados de encontrar el numero de esclavos que se llevarían a los puertos de América. En Cartagena se encontraban los asentistas quienes recibían el encargo y pagaban los impuestos a la Corona por cada esclavo.

A finales del siglo XV, habían llegado legalmente ya unos 200.000 esclavos negros a Cartagena, aunque la cifra real podía ser mucho mayor ya que existía un importante contrabando de esclavos negros. Además de Cartagena salían las mayores riquezas que la corona española precisaba para el mantenimiento de aquella gigantesca empresa civilizadora, por rutas marítimas que terminaban en los puertos españoles de Cartagena, Cádiz y Sevilla. 

Al iniciarse el siglo XVII Cartagena de Indias era la plaza fuerte más importante del sistema defensivo del Caribe hispano, además de punto clave en el sistema de comunicaciones e intercambio de España con sus colonias americanas , uno de los dos puertos autorizados en las posesiones españolas de América para introducir negros esclavos y punto de estacionamiento de la Flota de los Galeones en su comercio con Sur y Centroamérica. 

El monopolio del comercio exterior y del tráfico de esclavos transformó radicalmente la vida social de Cartagena. La encomienda indígena perdió importancia con la drástica reducción de los nativos, quienes fueron reemplazados por un número cada vez más grande de negros en el trabajo de las haciendas y las ocupaciones urbanas. 

Cartagena de Indias adquirió desde el siglo XVII la distinción de ser una ciudad predominantemente negra y mulata. Pero no sólo en esto consistió el cambio. La ciudad se llenó de extranjeros especialmente portugueses y holandeses ligados al negocio de la esclavitud, hasta tal punto, que la corona decidió establecer allí el Tribunal de la Inquisición para el Caribe y el Norte de Sudamérica, con el objetivo principal de reprimir las actividades de los judíos, protestantes y herejes de distintas nacionalidades, atraídos el puerto por las posibilidades de hacer negocios.

En Colombia se venera a San Pedro Claver, un jesuita español que vivió en Cartagena durante cuarenta años en el siglo XVII. El se bautizó como el “esclavo de los esclavos” y está considerado como el precursor de la defensa de los derechos humanos. El padre Alonso de Sandoval, también jesuita, consejero y orientador de Pedro Claver, escribió un libro sobre la materia: "De la salvación de los esclavos". En ese escrito narra cómo cuando el galeón ha llegado y pasa frente al Fuerte de Pastelillo en Cartagena, los negros que vienen en él pueden oír el movimiento del puerto. Dentro del galeón se escucha un murmullo: gritos de miedo, miradas ansiosas. Los comerciantes de esclavos esperan sonrientes en la orilla. Una tercera parte de la mercancía embarcada en el África ha muerto durante el viaje. Todos se esfuerzan por dar una buena impresión.... Los esclavos sonríen; pero tras esa sonrisa está el sufrimiento: las cadenas, la prisión pestilente en el interior del navío. Por primera vez desde su partida pueden salir y desembarcar en Cartagena. Cada año llegan al puerto unos 12 o 14 barcos cargados de esclavos. Éstos tienen la idea de que una vez en tierra, los matarán. Los comerciantes de esclavos los traen atados de seis en seis, cuellos y pies encadenados. Han hecho el viaje en las bodegas de los barcos, donde nunca pueden ver la luz de sol; el lugar es tan sucio que sólo el estar en él ya puede causar una enfermedad. Cada 24 horas reciben un pobre alimento consistente en medio plato de harina de maíz o mijo y una pequeña taza de agua. Sólo reciben malas palabras y castigos. Debido a este tratamiento, los esclavos al llegar parecen esqueletos. Al desembarcar se les lleva a un corral, o a un patio grande, donde muchas personas van a verlos, unos sólo por curiosidad, otros llevados de su codicia, y algunos movidos por la compasión. Estos últimos son los misioneros; ellos van pronto; pero a menudo, encuentran ya muchos muertos. 

Hoy en día se estima que el 26 % de la población colombiana tienen raíces africanas. Su herencia se palpa en las calles de la ciudad y en los abarrotados mercados que parecen transportados de cualquier bazar de África. Visitamos la inquietante casa del padre Claver, una casa colonial del siglo XVII donde llegas a sentir la vergüenza y el deshonor de todo lo que tiene que ver con la esclavitud. Al día siguiente nos asombra la exuberante capacidad de supervivencia del ser humano cuando vagabundeamos por el mercado callejero de Basurto observados por las miradas llenas de vida de aquellos descendientes de los esclavos de África entre el laberinto infinito de los puestos del mercado.



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