Colón, la leyenda de la ciudad sin ley


Colón fue una ciudad fundada de la nada a mediados del siglo XIX, cuando se creó la primera línea de ferrocarril que unía el Atlántico con el Pacífico en el istmo de Panamá. Tuvo un gran apogeo en los años de construcción del canal de Panamá. En 1948 se creó la primera Zona de Libre Comercio del mundo, una zona franca en la que no existían impuestos arancelarios. La ciudad se convirtió en un modelo de crecimiento y riqueza. 

La ciudad, que hoy cuenta con unos 200.000 habitantes, entró en crisis en la época de los gobiernos militares de Panamá, hace 20 o 30 años. Una ley populista declaró la imposibilidad de desahuciar a un inquilino moroso, lo que incentivó a muchos ciudadanos a dejar de pagar el alquiler de sus casas. El caos se apoderó de los inmuebles del centro de la ciudad. Los propietarios abandonaron cualquier tipo de inversión. La consecuencia más visible es el alto grado de deterioro del cuadriculado centro urbano. Otra, no menos tangible, fue la profunda decadencia en la que cayó parte de la población. 

Colón tiene fama de ser una de las ciudades más peligrosas de Latinoamérica. Buena parte de la población no tiene trabajo, porque renuncian a trabajar. Se dedican a malvivir, robando, mendigando o trapicheando. Treinta bandas armadas organizadas están censadas en la ciudad, principalmente dedicadas al tráfico de drogas. Paralelo al desarrollo de las maras en Centroamérica, Colón ha sido elegido como lugar preferente de expansión de la mara Salvatrucha en Panamá, una organización criminal para-estatal que cuenta con más de 80.000 miembros y presencia activa en España. 

Siguiendo las instrucciones básicas de seguridad, que cualquier viajero conoce, se puede visitar casi toda la ciudad, excepto los guetos que no es recomendable al ser campo de operaciones de las bandas, denominador común en muchas ciudades latinoamericanas. 

Desde el año 2000, se ha revitalizado la economía de la ciudad, en sintonía con la fuerte expansión económica del país, aunque Panamá City ha conseguido claramente una supremacía económica sobre Colón, antigua urbe que había sido tradicionalmente mucho más rica que la capital. Muchos de los inversores judíos de Colón cambiaron su residencia a Panamá City. Reemplazándoles, llegaron árabes, hindúes y chinos atraídos por la zona franca, en la que actualmente operan 2.000 empresas, siendo el centro logístico-comercial de Venezuela, Colombia y los países de Centroamérica. Los árabes e hindúes se posicionaron en el negocio inmobiliario y financiero. Los chinos coparon el comercio. Casi todos los comercios actualmente están en manos de chinos, que se han convertido en el grupo líder dentro de la próspera economía panameña. Se estima que gestionan alrededor de un 30 % del PIB de Panamá. Algunos españoles, principalmente gallegos, como en todo Latinoamerica, son poseedores de pequeños negocios que sobreviven al cambio de los tiempos. Están muy bien considerados como personas muy trabajadoras y honestas. Mientras tanto, buena parte de los criollos asisten incrédulos, entre parranda y parranda, a una prosperidad que pasa delante suyo, sin despertar en ellos el espíritu emprendedor que caracteriza a estos pueblos errantes de comerciantes con solera que se van moviendo por el mundo globalizado en busca de oportunidades de negocio. 

Estos nuevos líderes sociales han ido comprando todos los terrenos y antiguas construcciones que fueron malvendidas, muchas veces con tráfico de influencias de los militares, por los norteamericanos cuando traspasaron el canal en 1999. En contraste con la decadencia del centro de la ciudad, en el extrarradio proliferan urbanizaciones de lujo, con el marco incomparable de la preciosa naturaleza virgen de Panamá. Colegios bilingües, resorts de lujo junto al lago Gatún, centros comerciales van ocupando su espacio con los dolares de los árabes, que han construido barrios enteros, algunos auténticos bunkers rodeados de muros electrificados para proteger sus mansiones, sus mezquitas y los colegios privados internacionales que han construido.




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