Portobelo, oro, piratas y religión


En la bahía de Portobelo murió Francis Drake, el corsario que más daño causó a España, durante aquel siglo XVI del imperio de España. Drake comenzó con el tráfico de esclavos, cuando los contrabandistas de seres humanos trataban de hacer competencia a la eficiente organización española que tenía su base de operaciones en Cartagena de Indias. Tras varias incursiones fallidas alrededor de Cartagena, Drake atacó Nombre de Dios, en el istmo de Panamá, donde las flotas españolas acostumbraban a aprovisionarse antes de la vuelta a España. Fracasó pero el azar, tan importante en el acontecer de las cosas, hizo que se apoderase de un convoy español cargado de oro y plata. Este golpe de suerte le hizo inmensamente rico, a el y a toda su tripulación. 

Aquellos hechos hicieron que la reina Isabel de Inglaterra le diera una patente de corso para atacar las costas españolas del Pacífico. Tres años más tarde volvería a Inglaterra tras realizar la segunda circunnavegación del planeta, tras la de Elcano, cargado una vez más de enormes riquezas robadas a los españoles. 

La reina le nombró almirante de una flota de 21 naves que comenzó por atacar Vigo, donde sufrió una tremenda derrota ante el clamor popular que se unió contra el “perro inglés”, derrota que no fue suficiente para evitar que toda carabela española con la que se cruzara fuera saqueada y hundida, hasta llegar a tomar las ciudades de Santo Domingo y Cartagena de Indias en 1586, recibiendo grandes rescates por devolverlas a manos españolas. 

En 1587 le encargan el mando de una expedición a la península Ibérica. Atacó y saqueó Cadiz para retrasar la ofensiva española en Inglaterra durante las batallas previas al desastre de la Armada Invencible, contra la que también lucho Drake en el ataque al Plymouth, capturando varias naves españolas. Dice la leyenda inglesa que Drake se encontraba jugando a los bolos en el momento que fue avisado del avistamiento de la flota española en la costa inglesa, pero en lugar de partir inmediatamente decidió seguir el juego: “Tenemos tiempo de acabar la partida. Luego venceremos a los españoles”. 

Tras el gran desastre, Drake fue nombrado almirante de la Contrarmada, la Invencible inglesa, pero se estrelló cuando atacó La Coruña sufriendo enormes bajas, que le llevaron a buscar una terrible venganza asolando la ciudad de Vigo durante cuatro días, con una dosis inusitada de crueldad que le llevaron a reducirla a cenizas, que le valieron para caer en el deshonor entre los marinos de la armada inglesa. 

A pesar de la derrota, convence de nuevo a la reina Isabel para intentar una audaz plan para conseguir montar una base inglesa en el istmo de Panamá, para golpear en el corazón del imperio español. De camino ataca San Juan de Puerto Rico, la única ciudad española en América que fue inexpugnable siempre. Nueva derrota. Llega a Panamá donde se enfrenta de nuevo a los españoles, siendo derrotado de nuevo. Entonces enferma de disentería y muere en la costa de Portobelo en 1596. Su sobrino toma el mando de la flota inglesa. Bernardino de Avellaneda la destruye completamente, hundiendo 17 barcos ingleses, causándoles 2500 muertos, capturando 3 barcos y haciendo 500 prisioneros, consolidando el dominio español en el Caribe para los siguientes casi 200 años. 

Un año más tarde los españoles decidieron crear un asentamiento en esa protegida bahía. La ciudad de Portobelo fue fundada en 1597 por Francisco Velarde y Mercado, reemplazando a la ciudad de Nombre de Dios, a unas 15 millas, por encontrarse en un bahía más expuesta a los vientos alisios. 

El oro, procedente sobre todo del Perú, era trasportado en mulas a través del Camino de Cruces, en Panamá, continuando por el río Chagres mediante pequeñas embarcaciones, hasta llegar a Portobelo, en donde era embarcado hacia España con la protección de la Flota de Galeones. 

Hoy en día Portobelo es solo un pueblo decadente donde viven unas 3.000 personas, descendientes de los esclavos negros. Las casas precarias con las antenas parabólicas en los tejados de chapa rodean los vestigios arquitectónicos, declarados patrimonio de la humanidad, de ese lugar por el que pasó un tercio de todo el oro del mundo. La imponente Casa de Aduanas todavía se mantiene en pie. Los fuertes que rodean la ciudad llenos de moho y oxido ya no recuerdan el fragor de los cañones de Parker, Morgan, Vernon,...Ya no se acuerdan tampoco del terror impuesto por Henry Morgan cuando en 1688 tomó la ciudad y estuvo saqueándola durante catorce días, en los que hubo numerosos casos de violación, tortura y asesinato. El Cristo Negro, emblema de la ciudad, es otro vestigio de un mal sueño, habiéndose convertido en un símbolo del fundamentalismo populista católico en Latinoamérica. Nos habla de una época que la corona de España intentó imponer un modelo evangelizador católico radical en la que la religión era un elemento de control de la unidad imperial. Los habitantes de Portobello parecen invadidos por una melancolía complaciente ante un destino que nunca pudieron evitar.




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