Costa Rica, la nueva frontera de la biodiversidad


Las telas de araña son tan grandes en Costa Rica que caen desde los postes de la luz hasta el suelo formando redes de decenas de metros. Caminar sin tiempo por un bosque húmedo permite observar multitud de seres vivos, sus interacciones, su entrega a la vida, llegar a intuir la complejidad del ecosistema tropical, sus bosques manglares y arrecifes de coral, intimamente unidos en una simbiosis en la vanguardia de la vida, esa que solo es capaz de producir la naturaleza libre. Las abejas que polinizan la vainilla, las bromelias colonizando las copas de los enormes árboles, orquídeas, las ranas rojas, los reptiles con cabeza amarilla, las estranguladoras increíbles de árboles,... 

Aunque el 27 % del país cuenta con un tipo de protección medioambiental, prácticamente toda la superficie, descontando los grandes núcleos urbanos y las plantaciones agroindustriales principalmente de bananos, forman un compendio de biodiversidad como solo se puede encontrar en los trópicos, y más concreto en este país que se ha convertido en un ejemplo mundial de protección de la naturaleza. La política de reforestación y creación de espacios protegidos en Costa Rica tiene un efecto visible y real. Sus junglas contienen más biodiversidad que todo EEUU y Europa juntos. Probablemente el modelo funciona porque han sido capaces de desarrollar una industria turística alrededor de los parques naturales y la vida salvaje, para todos los públicos, atrayendo tanto al turista de gran poder adquisitivo como a  multitudes de jóvenes mochileros de todo el mundo, que genera multitud de puestos de trabajo tanto en la conservación como en la gestión turística.

La abundancia de explotaciones dedicadas a la agricultura ecológica representan uno de los mayores y más avanzados campos de experimentación de técnicas de permacultura en el mundo. Visitamos una granja llamada La Isla, en Cahuita, que combina la explotación ecológica de pimienta y cacao, comercializada a través de los farmers markets locales, con el cultivo de variedades de frutas tropicales exóticas y la jungla salvaje, que gracias a su diversidad consigue unas tasas de productividad que humillan a las contaminantes técnicas de la agricultura industrial. 

El país que decidió prescindir de su ejército para invertir en educación, ha conseguido algunas de las mayores tasas de felicidad del mundo en diferentes estudios sobre calidad de vida, aunque no es compartida por todos sus habitantes. Los antiguos indígenas, como la etnia Bribrí, hace tiempo que fueron sobrepasados por los tiempos. Vieron como sus antiguas tierras comunales, donde cazaban y cultivaban, fueron invadidas por ricos terratenientes, muchos norteamericanos, donde de repente todo era de alguien, pero no suyo. La jungla se compraba y se vendía por extranjeros con plata, pero ellos no tenían. Abrieron restaurantes, bares, hoteles, a los cuales ellos no podían acceder. Muchos de ellos ni siquiera consiguen un trabajo. Los más afortunados se convirtieron en sirvientes de los ricos gringos.

Aquí encontramos una de las mayores paradojas de la civilización occidental y su estilo depredador de vida que está aniquilando a las antiguas comunidades indígenas poseedoras del conocimiento práctico de gestión de estos ecosistemas, al ser ellos mismos una parte más del engranaje natural. Plantear un sistema de conservación del jaguar es algo necesario, pero, ¿ que pasa con los bribris ? ¿ cual es el papel al que relegamos a los indígenas ?

El cortoplacismo de nuestra cultura de consumo no nos deja ver más allá de nuestro día a día. Ya no es solo una cuestión de entender el pico del petróleo y sus consecuencias en forma de crisis sistémica, es momento de coger el toro por los cuernos. Importante es la biodiversidad animal, pero la biodiversidad humana es vital, sin los conocimientos de los indios y de las culturas indígenas en genérico, perderemos nuestra última conexión real con la madre tierra. 




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