sobre abundancia y escasez


Marshall Sahlins: el moderno sistema industrial instituye la escasez de una manera totalmente nueva si se compara con cualquier gran etapa histórica precedente; la escasez ya no tiene su causa en una insuficiente producción, sino en el tipo de producción y en la naturaleza de los productos fabricados, que no hacen más que reflejar la organización social en que aparecen y evolucionan.

Por lo tanto, la escasez no es una propiedad de los medios técnicos, sino una relación entre medios y fines. La brecha entre ambos permanece abierta, e incluso puede ir en aumento si el conjunto de demandas inducidas por el aparato productivo crece hasta un punto que se puede considerar cercano al infinito –dada la velocidad de renovación de los productos y de aparición de otros nuevos–, pero a la vez los medios para satisfacer estas demandas sean limitados, y el acceso a ellos siga estando discriminado. Es lo que podríamos denominar la modernización de la pobreza, según la –sencilla, pero contundente y exacta– expresión de Ivan Illich.

La escasez aparece cuando la organización social se apropia de ciertos bienes y decreta su uso como indispensable para la vida o el prestigio del grupo. A partir de entonces la rivalidad propaga la violencia, pues el deseo es aguijoneado por la mímesis de los deseos ajenos. Es, pues, necesario imaginar que no es la escasez la que se encuentra en el origen de la violencia y de los males sociales, sino que, al contrario, son la violencia, la mala organización social, la dominación y la explotación las que se encuentran en el origen de la escasez. La pobreza es un estado social, y como tal es un invento de la civilización.

Si el consumo no se convierte en actividad mercantil no sirve como base del intercambio y la acumulación; por eso a nivel económico general se debe asegurar la escasez artificial, como condición imprescindible para que se instituya el intercambio mercantil. El precio suprime, de esta forma, la libre disposición de los productos y, además, si está fijado por una dinámica exclusivamente económica que se guía por la lógica de la ganancia.

Cuando el aparato productivo de una sociedad, en su regulación interna, permite que la mayoría acceda a lo que hasta entonces –por responder a un marco de acumulación diferente– era privilegio de una minoría, ese privilegio se desvaloriza, el umbral de la pobreza se eleva, pero al mismo tiempo deben ser creados nuevos privilegios que, por un determinado período de tiempo como mínimo, tienen que quedar excluidos para la mayoría porque, recreando sin cesar la escasez (o lo que es lo mismo, recreando la desigualdad y la jerarquía), la sociedad engendra más necesidades insatisfechas de las que colma. Esta es la condición para mantener una demanda efectiva que pueda sostener el crecimiento exponencial que se deriva de la reproducción mercantil ampliada; el grado de frustración en el consumo tiene que ir por delante incluso del grado de crecimiento en la producción, para que todo el sistema se mantenga drenado y no aparezcan tendencias a la sobreacumulación.

En el desarrollo de la economía mercantil contemporánea, abundancia y escasez no son dos polos absolutos y contrapuestos que se anulan el uno al otro, de tal modo que el incremento del primero suprime el segundo definitivamente; ni el crecimiento es un proceso que pueda instaurar en el ámbito del consumo los principios del liberalismo democrático, dejando la escasez y la desigualdad relegadas a un lugar externo a su propio avance. Por el contrario, el crecimiento mismo se realiza en función de la desigualdad. Esta es, a la vez, su base de actuación y su resultado: la dinámica de la producción diversificada, la renovación permanente y la obsolescencia programada no responde a ningún modelo de igualación por el consumo, sino a un modelo de diferenciación y clasificación social que, con cierta autonomía limitada, reproduce el orden que arranca de la esfera de la producción. Los comportamientos de los consumidores no son actos aislados de ciudadanos soberanos, sino prácticas con sentido que tienden a la reproducción y la condensación interna de las diferencias de posición social.

¿Pobreza o despilfarro?

En suma, la relación estructural que introduce la desigualdad social en las prácticas de consumo está determinada por el propio modelo de crecimiento y no aparece como mero residuo exterior a él. La, por algunos denominada, “civilización de la abundancia”, no solo tiene otra cara o mantiene sus espacios oscuros por no haber sido tocados por su mágico impulso modernizador, sino porque es a la vez una civilización permanente de la escasez; porque el tipo de desarrollo económico en que se basa, y el modo de vida que crea, es un sistema que impone el deseo sobre la necesidad, lo superfluo sobre lo fundamental, la apariencia sobre la esencia, el parecer sobre el ser. Además, el impacto de toda la magnífica diversión y de la profusión de simulacros elitistas que ha traído consigo el neocapitalismo financiero individualista y posmoderno, triunfante desde finales de la década de los ochenta y principios de la siguiente, ha acabado por provocar una perversión misma del concepto de necesidad, y rompe cualquier pretensión de hallar un marco naturalista, objetivo y general, para definir absoluta y estáticamente la pobreza. La pobreza muestra solo nuestra incapacidad política para construir socialmente un modelo de convivencia medianamente equitativo.

La modernización de la pobreza, Luis Enrique Alonso




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