el Estado y la automatización


[...] No son los robots los que nos desplazan y amenazan con minar nuestro nivel de vida; por el contrario, en un contexto de libre mercado los robots están allí para servirnos. La verdadera máquina de empobrecer y marginar seres humanos es el Estado, y lo hace con tal eficiencia que a menudo logra eliminar por completo los beneficios naturalmente derivados del rápido progreso tecnológico. Veamos a través de qué mecanismos…
  • Dinero estatal. La depreciación del dinero acumulado con esfuerzo productivo impide que el común de la gente goce plenamente de las ventajas de la tecnología. ¿De qué sirve producir más si no es posible convertir en riqueza duradera el fruto del propio trabajo?
  • Programas “educativos” estatales: preparan a la gente para trabajos que no van a existir; fomentan la dependencia y la confianza en estructuras sociales agotadas; promueven valores, hábitos, actitudes y expectativas que encajan en un paradigma en franca decadencia.
  • Regulación laboral: al desalentar y encarecer la contratación, acelera la incorporación de tecnologías que sustituyen mano de obra de baja calificación. Esto dificulta la adaptación gradual de los trabajadores a la nueva realidad.
  • Reducción forzosa de la tasa de interés: también impulsa artificialmente la sustitución de mano de obra, ya que incentiva la inversión en tecnologías que ayudan a eludir los efectos deletereos de las regulaciones.
  • Burocracia: el requerimiento de licencias y otros complicados y onerosos trámites condena a millones a la marginalidad y entorpece la reasignación de los recursos liberados por la adopción de nuevas tecnologías.
  • Patentes: garantizan el privilegio de la explotación de una nueva tecnología a la compañía con el mejor equipo de abogados, obstaculizando los procesos de mercado que diseminan y multiplican los beneficios del progreso tecnológico.
  • Subsidios a los desempleados: desmotivan y aislan del mercado a sus “beneficiarios”. En lugar de aprovechar las oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías, los desempleados crónicos dejan caer su peso sobre la población productiva, lo que aviva el mutuo resentimiento y lastra la economía.
El problema no es, entonces, la tecnología que las personas adoptan libre y voluntariamente para mejorar su calidad de vida y la de otras personas; el problema es la imposición coactiva de “soluciones” por parte de los “expertos” en planificación de vidas ajenas.

El Estado no puede controlar la inflación, la tasa de interés, los programas educativos, las relaciones laborales, la estructura empresarial, la distribución del ingreso, etc. sin antes obligarnos a usar el dinero cuya emisión ha monopolizado. Por lo tanto, debemos concluir que la automatización solo es un problema si el Estado mantiene el control de la moneda que usamos.




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