fragmentos de la entrada: sin estados




Hasta hace unos años se habría considerado una ensoñación libertaria, un relato más propio de géneros como la ciencia ficción o el realismo mágico que de la prosa periodística o legislativa que tan secamente nos informa o nos manda. Sin embargo, el sueño de vivir al margen de cualquier Estado ese anhelo tan legítimo como frustrado a lo largo de los siglos— parece próximo a adquirir, por vez primera, una corporeidad fascinante y esperanzadora.

Qué importante es hoy reivindicar el derecho a la apatridia. ¿Por qué no a varias, por qué no reconocer la doble o múltiple nacionalidad como derecho humano, sin necesidad de acuerdo entre los Estados correspondientes? ¿Por qué no reconocer igualmente el derecho a no tener ninguna? Incluso, ¿por qué no garantizar el derecho a juntarse con otros para establecer una nueva?

Pero todo este debate, como el propio sistema jurídico-internacional basado en Estados, empieza a verse tan superado como el siglo XX que le dio vida. Al menos en el plano teórico, estamos ya situados en torno a la fosa donde yace descoyuntado el Estado-nación.

La secesión individual frente a los Estados es un futuro que ya contemplan con naturalidad millones de personas. Pocos millones aún, pero creciendo.

Una completa plataforma de gestión de relaciones, contratos y negocios entre particulares que, como todas las demás en liza, pone de manifiesto lo innecesaria y opresiva que es la centralización estatal forzosa de las interacciones entre particulares. Están surgiendo ya bastantes plataformas así gracias a blockchain y las demás tecnologías que, haciendo horizontal la red social y posibilitando la interconexión directa, segura y anónima, eliminan el Estado. El crecimiento de ese mundo va a ser exponencial.

Todo cuanto merma la omnipotencia estatal merece aplauso. La siguiente generación se está separando de él con una sonrisa afable, por la vía de los hechos y del código binario. Bravo por ellos.

Sin estados. Juan Pina




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